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Les malheureux
El dios Apolo ha desatado la fuerza y la oscuridad.
Es la noche y el azul cristalino
Refleja la estampa y las caricias vertidas,
Ciclones de fuerza y espasmos prolongados
Circundan el lado visible.
En la sombra, no de ella, voz de silencios y sonidos
E hipocresías derrumban la frase elocuente y miran
Sin dilaciones sobre la burda palabra,
Inclemente y mordaz, de nula inteligencia y simuladora arrogancia
Que intenta penetrar con la falsedad más trémula
En el escondite de la verdad.
Esa sombra, distante de la Luna,
Ruge y no surge, no provoca realidades,
Sólo expande su banal deceso de la caricia natural,
La señal de la decencia;
Es . . . lejana de la Luna,
El mundo infesto de Las Miserables.
A ti, Princesa Virgen de mi Inspiración
Una palabra, un sonido o la imaginaria fe
De mirar tus ojos
Alienta mi sed de tenerte bajo los brazos.
Una palabra, caricia y princesa del Olimpo,
Se transforma y no se agota,
Deambula
Y expresa el viento sobre tus senos
Vivos y serenos,
Cúpula y cópula de los labios carnosos
De mi inspiración.
Una palabra y olvido de tu lejanía
Y recorro, beso a beso,
Tu rostro y cuerpo y
Me detengo, fortuita y gozosamente,
En el norte de tu triángulo amoroso,
Empapado por y de mis besos.
Te poseo y me posees,
Sin escrúpulos como las reinas marchitas
Por el incoloro y translúcido adiós de la niñez,
Grácil forma de entender y viajar en medio de los árboles
Y el agua,
Distante del sueño llamado
Tiempo.
Vinimos, venimos, vendremos gota a gota,
Miel a miel; tú y yo,
Ella y yo. La Luna y el Universo. . . musicalidad
Y piernas entrelazadas, ideas de ti y de mí.
. . . Después, junto al casi olvido,
el recuerdo y tu aliento.
Agosto 2001
TN
DOLORES . . .
Escribir suele ser peligroso. Escribir en el aire, sobre un papel, dentro de la mente, en el silencio. Anotar en la superficie profunda de la piel femenina aquellos recuerdos del amor y del adiós, inolvidables. Escribir significa apoderarse del Universo a través de las palabras y, a la vez, sentirse solitariamente alejado de éste. Escribir. . . podría transformarse en dolor intenso. Escribir. . . en los tiempos de Dolores Gómez, en el momento de su muerte, resulta ser doloroso.
Abuela...
Nombre que alguien lejano en el tiempo te dio.
No te conocí con otro.
Al sentir tu última mirada, perdida en el aire,
y presentir tu muerte,
un mar melancólico
de recuerdos inundó y se apropió de mi
Alma, último reducto de decencia.
No sé si él, Sabines,
mi Mayor Sabines,
aspiró y respiró mi dolor, herida de muchos,
al darme cuenta de tu muerte.
No lo sé en este instante
si tú y yo,
perdona te hable así. En vida no pude hacerlo;
no debí, jamás lo intenté.
Tu grandeza de mujer inteligente, pocas lo han sido como tú,
y el respeto de ser mi Abuela,
me lo impedían.
Pero este día, mi tristeza por tu viaje permanente,
me provoca un atrevimiento amoroso
de recuerdos y flores y vida.
No lo sé, linda viejecita,
pero tengo el cinismo de cantarte de frente
el último adiós, un vuelo de adiós blancos,
un saludo del Tigre Nocturno
que agradece, maravillado,
tu legado.
Escribir en tu muerte suele ser doloroso, pero al hacerlo desde los recuerdos elevados de tu pronta conciencia, deja de serlo.
Estas palabras viajan, incesantes e interminables, gracias a la tierra que te cubre en tu íntima morada.
Con amor y recuerdo
Tu nieto Carlos Córdova Solís
Julio 2001
Te ví y sueño tus ojos.
Los hombres y mujeres pasan el tiempo
y no saben si irse o quedarse a ver las estrellas y los relámpagos;
siempre tienen dudas.
A lo lejos, en la distancia,
se detienen y deciden oír el murmullo del mundo.
Escuchan el ir y venir del viento y descubren ritmos de plenitud melancólica,
de nostalgia y de alegría, pero jamás de olvido.
Escuchan y el viento fluye sobre sus sentidos.
La extrañeza se apodera de ellos, hasta que viene la luna y les dice:
--No duden . . . es la música, la mujer, tu mirada.
T.N.

El tiempo de tus besos
El tiempo está ahí,
junto a la obscuridad y la alegría de la penumbra.
Ven hacia el olvido y desnuda,
sin temores,
la facilidad de tus besos.
El tiempo está ahí,
sereno y taciturno,
en espera de ti
y tus caricias, y de aquel sabor
a mujer: desprenderte de pétalos gráciles
y rojos de pasión tierna.
Recuerdo tu delicada sonrisa
y surge, intempestiva,
la memoria de ti, toda,
sin dejarle nada al olvido.
Recuerdo tus labios y el amor,
sentirlos como se siente el viento nocturno
y verte, desnuda, cubierta de un velo contundente de caricias
y tomarte y beberte sin misericordia. . . decirte al oído:
¡Me encanta descubrirte entre mis brazos!
T.N.
Héctor y la mirada furtiva
Sin saberlo, posterior a dos temibles miradas,
El amor lloraba sin misericordia.
Presente, de plenitud adolescente,
El brazo lejano extendió su proximidad,
Alentando, así con severidad, la artera puñalada,
Sin sangre verdadera, sólo tu mirada exhuberante d crueldad.
Sobre la efigie clara
Y bondadosa
De la mujer sensible, ahogada
Por la siniestra lejanía, la que no entiende,
La caprichosa y fría de pasión;
pero amante. Y sí precisa de ti.
No descubre, sí conoce y se traslada
A los confines de la necedad absurda.
Niega, al igual que fariseos,
La caricia tierna de la delicada rosa,
Quien sueña y sueña, ha dejado de vivir,
Esperando y aspirando la merecida brisa
De la notas y notas que no aceptan penetrarla
Musical y amorosamente.
TN
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